viernes, 11 de abril de 2014

Mineros



De este modo, el hombre ha renunciado a la búsqueda de una luz grande, de una verdad grande, y se ha contentado con pequeñas luces que alumbran el instante fugaz, pero que son incapaces de abrir el camino. Cuando falta la luz, todo se vuelve confuso, es imposible distinguir el bien del mal, la senda que lleva a la meta de aquella otra que nos hace dar vueltas y vueltas, sin una dirección fija.
(S.S. Francisco, Lumen Fidei, 3.)


Los hombres somos mineros. Vivimos la vida sumergidos en la oscuridad de la Tierra, en la estrechez de nuestros senderos. Caminamos nuestros propios caminos pero también aquellos que otros abrieron y recorrieron. Tenemos que caminar, no saldremos de la mina hasta que no finalicemos nuestro jornal. En este mundo oscuro, llevando luces con nuestras ideas, con nuestros rostros; una semejanza remota y casi arcana de la ya olvidada o ignorada Luz que viene de arriba. Iluminamos con estas linternas nuestros pasos y, muchas veces, nada más que nuestros pasos, hasta donde llega su restringido alcance. Conformamos así nuestro limitado campo visual, mas allá del cual todo es sombra, tal vez misterio, o tal vez mera penumbra e ignorancia. Nos acostumbramos a vivir en esta cuasi-penumbra. No obstante buscamos luces; no aquellas que traen consigo nuestros compinches (ésas pocas veces las tenemos en cuenta). Casi nunca nos asociamos en un trabajo y en una búsqueda conjunta en la que los intereses sean comunes, casi nunca con-vivimos. Buscamos luces en la tierra, nos abrimos paso contra la dureza de la roca, contra los desafíos que nos lanza el Mundo, buscamos riquezas, valores, el motor que dé sentido a nuestro afán. Nos comportamos como mónadas casi leibnizianas («sin ventanas»). 
Cuando el esfuerzo de tratar con la roca nos extenúa, cuando encontramos en ella la más férrea resistencia contra nos, que avanzamos hacia ella con codicia y con las mejores armas con que pensamos contar, acudimos entonces al que se desempeña (y empeña) al lado nuestro, como  otros nosotros, enfrentando la piedra. O nos detenemos protestando contra la roca que nos ofrece resistencia. Pero movidos por la codicia competimos por el botín de nuestro esfuerzo.
Conocemos la mina. Una vez caminada, sabemos que es dura y que los desmoronamientos parciales son habituales, y vamos protegidos, advertidos por la naturaleza. Pero ya creemos conocer nuestro oficio -el arduo oficio- de lidiar con la naturaleza. Avanzamos sin temor ni temblor, nada nos conmueve ni nos asombra ¡Idiotas...! imaginamos tener dominio sobre todo cuanto acaece en nuestro mundo.
Mas el buen minero sabe que no es completa su vida en la mina, y espera que finalice su jornal de trabajo para ver la Luz, se asoma a los caminos verticalmente trazados, y desandados por el Hombre, sin olvidar su labor diaria, reconoce que el verdadero valor es la luz que brilla por sí misma, sin despreciar por eso su luz, y las luces. Su luz que debe ser alimentada; las luces que no se distinguirían en la oscuridad, ni de la oscuridad, si no recibieran un remoto, pero cierto, haz de otra luz.
¿Es necesario el derrumbe, la catástrofe, para que tomemos conciencia de cuál es nuestro lugar?
Acontece el gran derrumbe -siempre puede acontecer-, el túnel que antes comunicaba con el mundo superior ahora se encuentra ocluido por el desmoronamiento de las paredes de la mina. Por gruesas capas de tierra y de piedra y de escombros. El inhumano esfuerzo que hemos hecho se nos vuelve en contra. A nosotros, que nos creíamos peritos en el arte de la minería. Luchamos, corremos, nos cubrimos, buscamos sitio seguro. Y allí nos congregamos.
Vemos como la vida, que llegaba gratuita junto a la luz de la que rehuíamos, se vuelve escasa, y el sensato reconoce la necesidad del oxigeno, no solo en estos momentos de extrema necesidad sino en todo momento. Cuando se esmera en su labor solo puede hacerlo por que el aire no le falta. En la estreches de los espacios del refugio en que nos guarecemos, sentimos y vivimos la angustia -esa sensación de estrechamiento que nos agobia y nos sofoca-, la aflicción, el agotamiento, buscamos al compañero, pero con temor y recelo, con desconfianza. Entramos en un delirante trance provocado por la sed y el miedo. Y en ese estado el minero se ve obligado a enfrentar lo que antes evadía. Aquella luz… ¿una ilusión acaso? Bendito terremoto que sacude los sentidos y acorrala al intelecto.  Bendita neurosis. Pero al fin de cuentas sabemos que se resuelve todo en una apuesta. Una apuesta que debemos actualizar a cada segundo: O la luz o las tinieblas; o la esperanza o el nihilismo.
Finalmente desde arriba se nos tiende una ayuda: sostén y consuelo, alimento y medicina, que solo el necio, el arrogante, sería capaz de rechazar sobradoramente. La iniciativa -siempre- viene de afuera, de arriba, de donde la luz, de donde el aire, de donde la vida. Llegado el momento seremos retirados, si no nos vence antes la desesperación, el miedo, el desánimo, la ansiedad, el egoísmo… 

Un Fénix, aquel del que se ha oído que ha renacido de sus cenizas, baja. Desciende hasta las profundidades del abismo para rescatarnos y llevarnos a la Luz. El ascenso es lento y penoso. El camino, oscuro y estrecho. Por momentos asfixiante. Al punto de hacernos llegar a pensar que en aquellas profundidades nos encontrabamos mejor. Que esto termine de una vez. Rogamos, y volvemos a apostar. Queremos ver la Luz. Y respirar. Ya ni somos del todo conscientes. Queremos descansar. Para siempre.



Por tanto, es urgente recuperar el carácter luminoso propio de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo. Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre. Porque una luz tan potente no puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios.

(S.S. Francisco, Lumen Fidei, 4.)








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